El año chino de las políticas públicas

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Este 25 de enero inició el año en el calendario chino. De acuerdo a la cosmogonía de ese país, este 2020 es el año de la rata de metal, lo cual significa, entre otros aspectos, el inicio de un nuevo ciclo y energías, pero también es portador de enfermedades, la peste y la muerte, en resumen, el tan conocido Coronavirus que la Organización Mundial de la Salud (OMS) denominó Sars-Cov2 (COVID-19).

   Si a lo anterior agregamos que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de China se ha mantenido en un promedio de 6.1% al cierre del 2019 (BM, 2020), así como también el primer caso de contagio de COVID-19, tendremos como resultado, la atención internacional del mundo oriental, después al viejo continente y, por último, a la gran potencia gemela, los Estados Unidos de Norteamérica.

   A un mes de iniciar el año chino (marzo), el mundo contaba con más de 80 mil casos de contagios y aproximadamente 2 mil muertes (WHO, 2020a). La capacidad de propagación del virus era tal que el resultado fue inmediato: la contracción de la economía mundial. Si ya el film, The day the earth stood still de Scott Derrickson, retrató lo catastrófico que sería para la economía, la política, el medio ambiente y en general de la vida humana, un solo día que la “tierra se detenga” por una llegada extra terrestre, ahora imaginemos varios meses de detención de la actividad humana.

   Las dos preguntas obligadas son ¿qué le sucedió a la economía y la política de nuestro mundo contemporáneo? ¿qué medidas tendríamos que adoptar para hacerle frente a una emergencia pública sanitaria?

   Así como se ilustran distopías acerca de crisis y catástrofes planetarias, las “pandemitopías” se suman a las narrativas que han hecho de la ficción, un evento real de nuestros tiempos. Para ilustrar, unos números. A medio año del calendario chino, el mundo cuenta con más de 36 millones de personas contagiadas y un millón de muertes (WHO, 2020b). América Latina está próximo a llegar a los 10 millones de infectados, mientras que México se aproxima a 800 mil casos. Para el segundo trimestre del año, es decir junio, la caída del PIB mundial osciló en el 5%, 9.4% para América Latina y 10.5% en México (FMI, 2020). Si a esto sumamos la caída de los precios del petróleo a niveles negativos (apuntes para la nueva historia), la misma tendencia para el empleo, 7% en todo el mundo (OIT,2020), así como también el desplome del índice de producción industrial, tenemos como saldo “una profunda crisis económica” que pone en desafío el actuar de las políticas públicas.

   Para ello, hay que pensar si seguimos tomando medidas para “reactivar economías” o “reaccionar a la economía”, es decir, ajustarse a la realidad actual con los costos mínimos y la estabilización de las líneas básicas de operación de las empresas.

   Hay que entender la crisis en su magnitud, antes de pensar “qué políticas”. Si observamos con detenimiento ¿cuál es el problema?, se limita el enfoque de análisis, esto es, ver la magnitud del efecto del COVID en una sola ecuación: la contracción de la demanda agregada. El confinamiento inmediato y los lineamientos sanitarios se rigieron como medidas reactivas para la detención de la propagación del virus, un comportamiento político de acción-reacción: si no hay vacuna, hay que evitar más contagios, la medida más racional y pragmática del momento que puso a prueba los dispositivos de control y vigilancia de cada nación, unos más efectivos que otros, tal fue el caso de los países asiáticos. El siguiente gráfico, ilustrará lo hasta el momento dicho.

Gráfico 1. Caída de la demanda agregada provocada por el COVID

Fuente: Elaboración propia.

Quedarse en casa, reducir la aglomeración demográfica en las ciudades, disminuir la capacidad de operación de las plantas industriales y los establecimientos turísticos, restringir entradas y salidas de viajes de negocio o por placer, retraer a la población con medidas seguridad pública, fomentar el home office o la atención médica en casa, la disminución de compras en puntos físicos de venta, entre otras medidas, contribuyeron a que la economía se contrajera. A diferencia de otros momentos pandetópicos, la era de la información y la tecnología han conducido a la humanidad a una interconexión sin precedentes, todo está tan volátilmente conectado que a la primera presencia de un virus biosocial, el gran sistema humano se fractura a la velocidad de la luz.

  La caída estrepitosa del consumo, trajo consigo el mismo efecto en la oferta. En un primer instante, los precios no se contrajeron, tampoco se vislumbra una deflación o estanflación en el corto plazo. Sin embargo, hay puntos a destacar en la nueva curva de demanda. A) el consumo bajo con una ligera alza de precios puede ser un síntoma en los productos de la canasta básica; por ejemplo, en México, la inflación en marzo no superaba los 2.5%, mientras que en septiembre este va a más de un 4%, lo cual va conduciendo un cierre ligeramente al alza, traduciéndose a un incremento principalmente de la canasta básica (INEGI, 2020). B) El consumo puede aumentar, pero los precios tienden a bajar, es un síntoma que podrían experimentar los servicios, debido a que la población se va acercando escalonadamente al sector terciario como lo es el comercio y el turismo, mismo que no puede incrementar sus precios de manera abrupta por no ser bienes de primera necesidad.

   En suma, empujar “positivamente” la demanda agregada se refiere a tres grandes líneas de acción: a) garantizar alimentos sin alza (política social), b) activación de la producción industrial con procesos más automatizados y, c) la venta de expectativas de los servicios turísticos a precios ajustados (por debajo del promedio).

   Si a lo anterior, se suma la actual tendencia (y rebrotes) del COVID-19 y, con esto la implicación de la continua caída de la economía, habrá que reforzar los controles de seguridad y sanitización en el sector servicios, incentivos fiscales para el aseguramiento del empleo en la industria, aumento de la competitividad del campo en el ámbito regional y la dotación de infraestructura tecnológica para la conectividad y procesamiento de la información, lo cual conduce hacia la implementación de políticas de tecnología a la altura de las actuales circunstancias. En otras palabras, aquí se prueba la funcionalidad del análisis de las políticas públicas.

   Para finalizar esta reflexión, se plantea la siguiente pregunta: ¿el gobierno mexicano o los gobiernos latinoamericanos, están construyendo políticas públicas que impacten en la seguridad sanitaria, el empleo, el consumo y la tecnología conforme a los diferentes sectores que lo conforman?

   Como humanidad tenemos una sola ventaja sobre la ficción fatalista de los desastres naturales, guerras nucleares e invasiones extraterrestres: el COVID-19 es un enemigo público-importado que no daña ni la infraestructura, ni el medio ambiente, sólo a nuestros sistemas de gobierno y de organización económica.

Referencias:

Sobre el Autor:
Eder Noda Ramírez


Consultor en Evaluación de Políticas Públicas
Especialista en Sociología del Desarrollo e Inteligencia Gubernamental

Sobre el Autor:
Eder Noda Ramírez


Consultor en Evaluación de Políticas Públicas
Especialista en Sociología del Desarrollo e Inteligencia Gubernamental

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